Santa María de Melque (y 4)

La selva de los símbolos

El recién fallecido Clifford Geertz, nos dejó un legado crucial para la historia de la cultura y cómo no, para la propia antropología simbólica: el concepto de descripción densa. Geertz se esforzaba en su obra “La interpretación de la culturas” en hacernos comprender que existe un descripción superficial, aquella que simplemente intenta reflejar lo que tenemos enfrente sin escarbar más allá, sin dejar que nuestros prejuicios modelen la realidad y por otro lado, la descripción densa, que es aquella que cuenta con el significado, aquella que parte de un conocimiento profundo del contexto para interpretar lo que sucede, quiero decir, lo que nuestros ojos construyen y dotan de sentido. Por ello es necesario acercarnos a Pablo Sanguino, al personaje y a su universo vital. Es el modo de poder desenmarañar la selva de sus símbolos.

Pablo Sanguino pertenece a una familia de artistas, ceramistas y pintores, que en 1955 se asientan en “el valle” de Toledo para producir esencialmente cerámica. En ese mismo taller, durante la infancia y parte de la adolescencia, Pablo ha estado amasando y cociendo barro y en contacto directo con la producción artística, forjando paso a paso los fundamentos de lo que será una carrera dedicada al arte en su totalidad. El contacto con la experiencia estética ha sido para este artista algo natural, encontrado por los avatares de la vida. Nacido en 1949 en un pueblo de tradición ceramista, Puente del Arzobispo, su práctica académica se ha deslizado por una reciprocidad que le hizo pasar por las manos de Mauricio Sanguino Otero y de José Aguado, para luego ser él mismo quien impartiría clase en la Escuela de Artes y Oficios de Toledo y en Las Palmas de Gran Canaria. Tras una década formando ceramistas, decide implicarse en su propia obra, abandonando la labor pedagógica.

Pablo Sanguino es una autor en continua búsqueda, en un proceso efervescente de producción artística, en un constante hervidero de proyectos plásticos. Ha puesto su vida en torno al arte, es su razón de ser. Inquieto intelectualmente, Pablo siempre está creando, dando forma a un idea con la mirada perdida, garabateando con un “pilot” rostros enigmáticos que nos dirán cosas, contemplando un cuadro con tiempo y desapego, dialogando con el autor y sus evocaciones o emocionado por una nueva expresión estética como aquel niño del taller del valle. Su taller está lleno de vida, de telas coloreadas esperando secar los primeros esbozos de lo que el autor y sus fantasmas generen, de recortes de imágenes (claves secretas) a las que interroga una y otra vez como leitmotiv de un momento concreto de inspiración. Es un taller auto-construido, poblado de recuerdos, de borradores e ideas para planes futuros, para nuevos cuadros, para piezas que algún día cocerán en su horno. Es decir, Pablo es un autor maduro que sabe que no hay atajos, que la moda de la “slow food” o la “slowlife” es lo que él desde siempre viene practicando, pero desde la perspectiva etnográfica local: el plato cocinado a fuego lento y con fe y oficio en cada receta. Esta es una de sus claves.

Qué duda cabe, que a un productor sensible el entorno no le podía dejar indiferente. La obra de esta exposición es claramente una producción “ad hoc”, pensada y diseñada con el mimo y el cuidado que un espacio tan singular requiere. Tierra luminosa tocada por San Martín, despierta en la creación un sinfín de propuestas estéticas. Por ejemplo, están presentes los fondos de almagre o almagra, que ya sedujeron al hombre neolítico con la fuerza del óxido de hierro, ocre rojo, símbolo primigenio. Los azules de un cielo poderoso, que perfilan a Santa María de Melque y exaltan su perfil. Está San Martín ambiguo, mitad hombre, mitad ángel, iconos de la mitología cristiana. Como lo es su caballo, de fuerte inspiración del lienzo del Greco y del que se nutrió, sin ninguna duda, el propio Picasso. Tampoco la fecha de la exposición ha pasado desapercibida, la eclosión de color es relación directa de la propia primavera que tiñe de matices un campo hermoso poblado de flores, la cerámica y los cuadros también han bajado a ese nivel de detalle, rindiendo culto a la fertilidad. A partir de aquí, lo demás son palabras. Disfrutemos de la cualidad estética y dejemos que cada obra nos cuente su propia historia, al fin y al cabo es imposible no vivir la descripción densa que nos presentaba Geertz. En la selva de los símbolos todos somos intérpretes.