Santa María de Melque (y 2)

Desde sus primeros trabajos relacionados con la cerámica artesanal en los talleres familiares de Puente del Arzobispo y Toledo, hasta llegar a su obra más actual, Pablo nos muestra su peculiar capacidad para descubrir y, sobre todo, para saber mirar e interpretar todo aquello que le rodea. Gracias a esta facultad tan necesaria para adquirir la verdadera consideración de artista, ha llegado a conseguir que la obra de algunos de nuestros grandes artistas del siglo XX parezca ser una mera consecuencia de la suya. Es el caso de la pintura del gran artista canario Manuel Millares que parece tener su continuidad, que no su imitación, en el buen hacer de nuestro artista o de las cabezas en homenaje a Julio González del artista toledano Rafael Canogar, que parecen haber sido hechas con el único fin de servir de preludio a las cabezas y máscaras que ahora podemos contemplar en esta exposición.

Todo esto y mucho más se debe a que nos encontramos ante la obra de un artista completo, tal y como lo demuestran los numerosos registros y técnicas que utiliza, con las que ha sido capaz de crear diferentes series que son completamente distintas y sorprendentes, sin perder en ningún momento su sello personal. Una opción que sólo se encuentra al alcance de alguno de nuestros mejores maestros que nunca se conformaron con la reiterada y aburrida repetición de estéticas más o menos resultonas.
Los viejos filósofos griegos decían que mientras el sabio mediocre decide qué hacer, el sabio inteligente ya lo ha hecho y así, mientras muchos piensan cómo sorprender, Pablo no lo duda y siempre encuentra la vía adecuada para hacerlo, rehuyendo de cualquier tipo de artificios de resultado rápido pero efímero.


La obra de Pablo es un juego de equilibrios entre tradición y modernidad y el montaje que ahora nos presenta es un episodio más de esa misma realidad en la que le ha tocado vivir.
Decía Picasso que un pintor es un hombre que pinta lo que vende y un artista, en cambio, alguien que vende lo que pinta. Pues bien, si eso es así, hay que reconocer que Pablo Sanguino ha hecho y pintado lo que ha querido, cuando ha querido y como ha querido y no parece haberle ido mal.
Un lujo en un tiempo de prisas y compromisos que este artista nos ofrece ahora a todos en las dependencias de Santa María de Melque, que un día sirvieron para rezar y hoy, ni más ni menos, para gozar.

Jesús Carrobles Santos