Presentación

Pablo Sanguino, Arte por destino

El antropólogo belga Jacques Maquet en su libro “La Experiencia Estética” clasifica el arte en dos categorías, el arte por metamorfosis y el arte por destino. El arte por metamorfosis es aquel constituido por los objetos que habiendo sido creados para un fin instrumental acaban siendo incorporados a la red de museos y galerías. El arte por destino, por el contrario, es aquel que se produce con el objeto de ser contemplado, que es su única y exclusiva utilidad incluso cuando su adquisición responda a la necesidad de prestigio por parte del comprador. La expresión “arte por destino” también nos permite una lectura más alejada de la antropología del arte y es aquella que nos define una trayectoria vital, en este caso la del ceramista y pintor Pablo Sanguino.

Breve apunte biográfico

Pablo Sanguino, nacido en 1949 en Puente del Arzobispo, pertenece a una tradición de ceramistas que acaban instalándose en Toledo en 1955, en un taller situado en “el valle”, exactamente en el lugar en el que se encuentra hoy el hotel Ciudad de Toledo. Con doce años ya tenía sus manos en el barro, elemento telúrico y mitológico por excelencia. Alumno de Mauricio Sanguino Otero y más tarde de José Aguado en la Escuela de Artes y Oficios de Toledo, desarrolla su labor docente como ceramista en Toledo y Las Palmas de Gran Canarias, actividad que desarrolla durante casi una década y que abandona para dedicarse a la producción artística.

Reflexiones estéticas y humanas

Las etiquetas son como los estereotipos, nos acompañan para catalogar casi taxonómicamente todo lo que nos rodea, pero casi siempre suelen ser la base sobre la que se asienta un prejuicio absurdo, más si cabe en el campo de la producción artística. Me refiero a las etiquetas de “cerámica neoexpresionista” que alguna enciclopedia o diccionario del arte ha utilizado para encasillar a Sanguino. Las clasificaciones casi siempre suelen responder a reduccionismos inútiles o a etnocentrismos infecundos. La experiencia vital del individuo, deja una huella imborrable que cada vez más entrelaza los resultados de la obra de arte. La autorreferencia nos aparece siempre como una pincelada biográfica, cada plato pintado, cada lienzo, cada colage de Pablo está empapado de un crisol de ecos que proceden de lo vivenciado: de Canarias a México, de Madrid a París, rumores de Jean Dubuffet, o de Pablo Picasso, de las arpilleras de Millares o lo matérico de Tapies. Está ahí, solo hay que enfrentarse ala obra con desapego, sentir sus rostros, sus caras con ojos y sin ojos, la pincelada viva, enérgica vibrante, heredera de Grupo del Paso, del surrealismo, del expresionismo, de Benjamín Palencia o de Pollock, todos ellos están ahí como un mosaico que constituye la voz propia e independiente del artista maduro, que sabe a dónde se dirige. Acaso en el cuidado de las manos de sus personajes, en el mimo de su posición o de sus uñas, no desvelamos resonancias del esmero del Greco de las manos de todos y cada uno de sus retratos. Esto, al fin y al cabo es la cultura, el barniz que cada cual imprime a su creación, a la construcción de su propia identidad más allá de los ingredientes formales. Pablo Sanguino es un artista libre sin etiquetas, la fortaleza de su obra reside en la forma.

Aproximación a su obra

Pablo Sanguino juega con la abstracción y la figuración. Casi nunca acaba un plato o un azulejo sin un claro referente simbólico. Sabe que lo simbólico opera directamente sobre el inconsciente y no permite que la obra deje al espectador indiferente. Un observador con el ojo educado se enfrenta a su obra con despego, aislándola del entorno, sin deseo, sin permitir que lo racional opere. Desde ahí, da rienda suelta a la contemplación, a cierta pérdida de la noción del tiempo que nos deja entrar en sus platos, en sus azulejos o en sus lienzos, para disfrutar de la belleza. Hallaremos rojos saturados como reminiscencias del almagre, añiles vivos casi evocaciones del Mediterráneo, blancos frescos como las nubes que adornan el cielo toledano, pátinas hermosas atendidas con celo en la temperatura exacta del horno. Observamos el esmero casi obsesivo para obtener el color preciso, vigilando la humedad, la temperatura de secado, el tiempo de cocción, y así hasta un infinito de matices. Su cerámica es la de un creador maduro, con oficio, con voz propia y por supuesto con una fuerza atemporal. Cada pieza invita a la reflexión, a la sonrisa, a la sorpresa, cristalizando en un lenguaje testimonial de una vida activa e inquieta intelectualmente.